El suelo que pisamos está formado por nuestros propios huesos aplastados. Huesos de cuerpos que han sido devorados durante siglos. La lucha diaria consiste en no terminar allí, bajo los pies descalzos y huesudos, alimentando otra capa de suelo infame. Mientras, la marea sigue girando, al compás del viento oscuro y deforme.
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