Recuerdo que un cuerpo contiguo me contó una historia de su infancia,
su madre había elegido como su madrina a la lluvia y como su padrino al sol.
Me decía que su padrino era frío y distante
mientras que su madrina era cálida y afectuosa
y siempre estaba a su lado.
Su madrina le regalaba gotas de lluvia cristalizadas
y vapor húmedo y calentito.
Caminaban juntos mojando todo a su paso,
la ciudad y el valle se refrescaron aquel verano con las andanzas de la lluvia y su ahijado.
Llovían hasta quedarse dormidos
y despertaban con truenos y relámpagos,
para volver a mojar todo.
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