sábado, 7 de febrero de 2015

Una vez me hice amigo de un cuerpo contiguo

Se llamaba Abneo, su voz era dulce y tranquila, el solo escucharlo me permitió abstraerme del murmullo infernal y perderme en las aventuras por donde su alma transitaba cuando estuvimos juntos aquel día. Increíblemente conservaba la inocencia y vivía esperando milagros de colores y papeles.
Yo tenía mucha hambre ese día.
Me pidió que tocara su rostro para mostrarme su sonrisa, se sentía seguro a mi lado el infeliz. Se ofreció dócilmente y pude descargar una pasión descontrolada que había olvidado desear.
Al final del día intentó tomarme la mano pero la marea me permitió disimular el desencuentro. Se acurrucó en mi hombro y quedó dormido antes de tiempo.
Faltaban doce minutos.
Ante la cercanía de su rostro me embriagaba el perfume de sus labios, recordé su sonrisa y su dulce voz aterciopelada pero no lo pude evitar, a los quince segundos me estaba comiendo su boca.

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